Desde hace un par de meses tengo una nueva necesidad. Es como otra afición que ha nacido en mi interior. Hablar de esto evidencia mi locura, pero es sincera y, aparentemente, nada dañina. En estos meses, que corren hacia lo que ojalá sea la meta cumpliendo veinte años, he cosido errores y consejos para aventurarme, en cada uno de los espectáculos, de una manera más segura y firme. Sin embargo, las citas han estado llenas de espontaneidad –y es que de alguna manera han sido treinta segundos de comedia a modo de gag americano (aunque por el sexo lo incluiría en el cine español)- pero que, con todo, a mí se me han hecho largas, emocionantes e intensas. Y de todos, ¿cuál ha sido el mejor? Si fuera aquí tan frívolo como aparento en la vida real, haría una lista basada en criterios materiales. De alguna forma no es lo que apetece. Se me antoja ahora pensar en alguien ajeno a todo esto, al que no le guste ponerse delante de las cámaras ni hablar en los platós que se crean a las puertas de Elástico, Stardust o Bisú. Y si solamente fuera eso lo que le diferencia… No leerá esto, ni sabrá lo que siento cada día. No tendrá fotos mías, ni se sabrá mis apellidos. De una cita a otra se le olvidará qué estudio, o eso me hará creer. Será tan borracho como yo, y fiestero, y eso es muy importante, porque es la única forma de escapar.
Porque hay que escapar. Y el día que lo haya conseguido tendré que buscar a alguien que me justifique. Que me diga que es verdad. Que haya alguien que afirme que nos vio juntos. Que todo parece mentira cuando no lo puedes compartir, así que lo grito. Porque no me voy a creer que lo único que podamos compartir sea una esquina. Que vale, que Cata y el Duque tienen su mirador, Cabano y Ruth su banco, Peyton y Lucas el lago… Vale, lo acepto, yo ya tengo un ‘donde siempre’.
¿Lo que ahora quiero que cambie? No tener que ir al Lolina y acordarme de cómo terminaba y empezaba una historia de la temporada pasada, ni tampoco tomar una Heineken que no está marcada con mi nombre, o recordar tantas historias que ahora… ahora no significan nada. Aunque en la llamada por justificar la vida pasada, la verdad es que hay mucho de cierto en eso de que esta noche no sería lo que soy si no hubiera estado tanto tiempo desnudo en tu cama.
El trastorno bipolar, en el que se mezclan fases de euforia con periodos de depresión.
Este escrito, en prosa, en el cual intento basar la estructura en pura intención amenazante a los sentimientos. La carga poética que adquiere desde su docilidad horizontal en el ámbito visual junto a la ola de recuerdos que invoca al lector es, cuanto menos, singular a la par que natural. Quien no conozca Pisagua o a Salvador Allende podrá notar un frenesí fresco, fresquísimo, feroz. La literatura barata, porque nadie ha pagado por leer esto, es sensacional y, aunque podría verse atacada por la multiplicidad de revistas gratuitas online que van proliferando, no habrá nada como apostar por el coleccionismo de letras, frases, amuletos, que vamos encontrando en el día a día.
De repente me siento bruto y libre. Y deslizo mis manos, disfruto. Me conozco y pienso en donde quisiera estar, en qué cama, con quién. Me dibujo sueños sin ropa, humedezco los labios. En un segundo estoy dando golpes, contra la pared, los puños sangran. No hay estigmas, ni procesiones o saetas, hoy no soy numerario. Me hago daño, pero hoy no es por Él. Y ahora me quedo sin aire, por segundos que intento alargar intentando no parar. Sigo pensando en tu cuerpo contra el mío. Silencio. Estoy bajo la cama, no hay luz, no hay sombras, un único ruido, el sollozo de un animal que no ha madurado y patalea, impotente. No hay contacto sexual que no conlleve esfuerzo físico. Ni mental. Y por eso me ato, y me dejo besar, para enamorarte. Pero yo también te beso e intento ahogarme con tu lengua. Que no me hagas ir bajo la cama, con un miedo que sólo recuerdo tener cuando era virgen. Como si el deseo hubiera hecho de mí otra persona, más fuerte, segura de sí misma y que sabe quién es e intenta olvidar tantas veces de dónde viene. Hoy estoy solo, pero mañana estaré contigo. Y seré grande, mucho más grande, tanto como todo lo que soy capaz de meter en mi boca.
tor de acidez (E330), conservador (E202). CONTIENE LECHE.
Brutalidad, abuso y maltrato sistemáticos es lo que te espera si no consigues seguir viendo en ti la perfección de lo que has creado. Llega un momento en el que hemos de sentirnos responsables de la persona que somos, aceptando y asumiendo nuestros pensamientos y acciones como un efecto de toda causa que hayamos propiciado. Y, como de nosotros mismos se trata, hemos de sentirnos bien por todo lo que gestionamos en algún momento de nuestra vida y que ahora se materializa en frases, situaciones y maneras de hacer que son lo mejor que tenemos para vendernos. Es, en el momento en el que hay una subversión escondida y que no queremos esclarecer, cuando todo empezará a fallar.
Los últimos sentimientos que me mueven son las ganas de pasarlo bien, el cariño rápidamente absorbido y ese juego de poder, no-poder y sumisión. A diferencia de anteriores capítulos, no hay ahora una ñoñería en mí que no reconocería ni mi madre. Hay detalles, muy cuidados, sin embargo no está la delicadeza de tener educación a cada segundo. Están los cambios de tono, el ímpetu de besar y la naturalidad brusca de quien te mira y te vuelve a mirar pero que no coincide cuando tú estás mirando. No hay un guión, sino el miedo de vivir el reality y no saber cuándo se acaba. Ni si ha empezado. Porque todo juego moderno tiene tras la doble cara, otra pared de cartón.
Ya estoy corriendo. Y es que llevo entrenándome demasiado tiempo y, siendo de los mejores, posiblemente sea ahora cuando tenga más competidores que nunca. Y en esta carrera lucho por ir despacio, sigiloso, para hacerlo bien, que no tiene nada que ver con que algo salga mal y no nos sentemos en la misma mesa. Estoy aprendiendo a sufrir, dando a la vez el toque exacto de lo que siempre he sido. Ser natural en mí quizá tenga esa fachada también de show. Era asombroso ver cómo hace un mes estaba reducido a la humildad, a un cierto sometimiento y a las ganas locas de ser feliz. Ahora, restablecidos mis sentimientos, hablo de orgullo, pasión y ambición. Arriesgo lo que sea con tal de tener otra noche como la del otro día, porque sí, date cuenta, nada de esto está reñido con echarte de menos.
Y un poquito de humor para este blog, que últimamente parece que sólo me mato a pajas con cine gore. Cuando todos sabemos que no lo necesito.
Hoy parecía que iba a ser la tarde más aburrida del mundo, pero en algún momento han surgido, sin saber cómo, una serie de ideas y juegos de lo más turbulento. Cinco chicos amparados en la vieja habitación de juegos de la residencia, amodorrados en los sofás dejando las canciones sonar. No era la música heavy lo único que estaba afectando a nuestra capacidad motriz y psíquica, había más cosas encima de la mesa. Y de pronto, idea de feliz, que no puedo aventurarme a decir que fuera mía porque no lo recuerdo.
Uno de nosotros se encontraba arrodillado en el suelo. Alrededor de él, de pie, el resto. Estábamos vestidos, no se trataba de ningún tipo de felación colectiva o cosa que se le pudiese parecer. Al que estaba en el suelo, una vez cerrados los ojos, se le agarraba del cuello y se le pedía que no respirase. Al mismo tiempo se le empezaba a mover intentando marearlo. No muchos segundos después, caía desplomado al suelo.
Los momentos de inconsciencia. Entre tanto fotos y agua sobre su cara. Unos minutos después, le tocaba al siguiente. Y así un par de horas, organizando desmayos para evadirnos del aburrimiento y de toda la perfección de nuestra estructurada vida. Justo en el segundo en el que alguien tocaba el suelo con su cabeza y veía la vulnerabilidad de su vida, me hacía crecer un morbo exponencial que pocas veces he sentido. Era algo así como ver una y otra vez ‘Un perro andaluz’ de Buñuel. Nuestras conversaciones, mientras tanto, se reducían al último golpe de cabeza contra el cabecero de la cama el día que follamos con la hermana del primero que se había desmayado o al día que dejamos a éste encerrado en aquella casa que apropiamos como nuestra durante unas horas para dar rienda suelta a nuestra aprehensión por el vandalismo.
Es, ahora, decisión y responsabilidad tuya creerte esto en su totalidad, en parte o ni siquiera hacerle caso. Yo que tú, por si acaso, lo tendría en cuenta.
Los primeros censos, en el sentido de como hoy los conocemos, surgieron en Suecia en 1840. Esto no es un hecho relevante, o eso es lo que pretendes creer.
No suelo hacer regalos. Porque se me olvida y me da pereza. Últimamente no me hace feliz recorrer los mismos sitios de Madrid de siempre, con unas cuantas copas encima, con un objetivo oculto de besar a alguien. Hace mucho tiempo que no tengo citas de esas en las que se busca el primer beso. La razón es que de aquí a hace ya bastantes historias de cama, los primeros besos van antes de cualquier cita. La conveniencia o no de esto es únicamente un hecho moral del que carece este artículo. Como la ausencia de moralidad que presentaban esas personas que compartían sábanas conmigo cuando yo tenía diecisiete años, yo con una intención primaria de hacer lo que se consideraba un acto de madurez y, como propósito secundario, el de los recién nacidos, obtener placer.
Del mismo modo que esa falta de citas sin guión ni montajes, echaba de menos pasarnos el humo del porro. Y anoche lo hicimos. Otra serie de cosas o hechos que tengo en falta, sin considerar esto un capítulo repleto de flashbacks -sed pacientes-, es recoger frutos en el parque, guardarlos en la zapatilla, bajo la planta del pie e intentar llegar a casa sin que madre se enterara para poder tener esos tesoros escondidos en algún cajón. Claramente las madres que nos han parido son mucho más listas que un niño de ocho años. La obsesión de mi hermana por las aventuras de Manolito Gafotas, colarnos en obras y fumar, otra vez, las Navidades sin amigos, en familia y sin internet ni móviles, pero con los capítulos de los Pitufos.
Ganas de recordar, aunque con una nostalgia muy controlada. Épocas como focos intensivos del próximo desarrollo, como las de la risa falsa que, aunque intento reinterpretarla, no lo consigo. Mi móvil es al menos un lugar donde la vida se para más tiempo, quizá hoy no lo entiendas. Y por contar alguno de los sueños que tenía cuando era pequeño, que tú y yo estuviéramos en el mismo censo, con esa probabilidad tan remota de conocernos.
Lo único que hice fue contestar a la pregunta que me hizo una niña de seis años que se veía encumbrada por una sensación difícil y pesada. Me preguntó qué era el amor. Lo hizo con una intención que iba más allá de descubrir la ya desmitificada tradición de la historia de la cigüeña, París o el perrito y la perrita. Ella se cuestionaba demasiadas cosas acerca de los sentimientos, la adrenalina y todo aquello que la ponía nerviosa cuando, Jorge, aquél compañero de colegio, le pedía que se sentara a su lado en la alfombra del aula. En algún momento de nuestra larga conversación, me dirigí a mí mismo, ausentándome vaporosamente de aquella habitación, y empecé a preguntarme por las separaciones, el dolor y el olvido. Fugazmente, habiendo repasado todo lo malo que podía recordar sabiendo que los chicos no lloran, decidí hablarle a esa chica de iniciales. Le expresé que conceptos como el amor van más allá de idiomas, naciones, razas, sexo e ideologías. Amor, love y kärlek no se asemejaban ni siquiera en la inicial, sin embargo, yo me había sentido bien cerca de un americano, de un sueco o de un español en algún momento de toda mi historia. No le hablé de aventuras de helicópteros ni de fuegos artificiales, pero tampoco le hablé de que sentir es también miedo y verdad. Le hablé de pronombres, de tú, yo y nosotros. De hacer memoria y de soñar, soñar despierto.
Parece increíble que haya dejado las perturbaciones de alguien como yo en estos tiempos de cólera (ahora mismo parezco Jaime DAG hablando, por eso de trastornado y enfermo), pero a veces hay que darse un respiro... BUKAKE
Si pretende ser este el volumen más difícil, violento y triste, cada palabra dolerá y en cada oración habrá un daño irrevocable nacido de los recuerdos más tiernos y especiales. No es ésta una batalla que empieza provocada por un desamor. Es la consecuencia histórica de la venganza más temida, aquella en la que el ángel, cortadas sus alas, es desterrado del reino de los cielos. Y sin fortuna, pero con una fe ciega en el destino, irá poco a poco comprendiendo cuál fue la necesidad de todo lo ocurrido. Hoy, en esa lucha por no soltar lágrima, comienza el primer día de nuestra nueva vida.
Me vuelvo más que nunca como de verdad soy cuando pienso en que ya no puedo besarte. Me siento inútil cuando lo hago con otros hombres. Elijo estar en esta casilla perdiendo turnos, sabiendo que habrá una oca que podría llegar a matarme. De oca a oca...
No sé que es enamorarse, pero a mí hay cosas que ya me duelen bastante. La sangre del último gato que, en estas noches de parranda, estrellamos contra la pared, no caía tan espesa y, en esos ratos en los que hago examen de conciencia, se limpiaba de una manera desdichadamente fácil. Hoy por hoy, no quiero gatos.
Ya lo hemos hecho. Finalmente. Cuando vuelvo a casa de papá los juegos se vuelven tercos. Sucios y excitantes también. Eran ya altas horas de la noche y allí estábamos tres personas, unidas en un colegio hacía más de diez años y reencontradas para contadas ocasiones como ésta, con la intención de reinterpretar nuestra visión de The Dreamers de Bertolucci. Acosado por recuerdos del pasado y de una inocencia que descubriría muy pronto más de lo que pretendía, tapamos la cabeza de ella con dos bolsas de plástico y las atamos al cuello con el lazo de un albornoz. Lo que sigue, a la imaginación y a unos vídeos que nunca desearás que sean vistos, pero inducir el morbo con la sensación de estar protagonista ante una cámara te hace más valiente, quizá disociando las culpas a través del personaje que acabas de crear. Las heridas que quedan de esto, las superficiales, nos harán disfrutar muy pocos días más. El repaso de ciertas sensaciones junto con el trastorno y la perturbación nos harán volvernos locos y, una vez llegados a este punto, entonces, comenzaremos a decir la verdad.
Date cuenta chico que estás creciendo. A partir de ahora intentarán atacarte por cada elección que hagas que no sea afín a esos principios por los que juraste. Te harán ver que no debes ir a ciertos sitios y te obligarán a ser fiel a lo que te rodea y lo que según ellos te hará tener un futuro ambicioso y prometedor. Nada más lejos de la realidad. Le han dicho a tus padres que aquí no hay compromiso con la sociedad, que la diplomacia ya sólo es buena para el que lleva razón. Patearás a no más de dos personas en un mes y, al final de un semestre, habrás acabado en comisaría no más de en cuatro ocasiones. Verás todas las veces que sean necesarias tus escenas preferidas de cuantas series de televisión te apetezca, pero siempre dramas. Y algún día llegará ese coche al porche de tu casa y no subirás, porque te habrás casado, porque tienes que cuidar de tus padres ya ancianos, porque no te puedes permitir escaparte un día del trabajo… Pero en ese momento sabrás que hiciste todo aquello que quisiste y que te dio la real gana, y no habrá nada de lo que arrepentirse. Y será entonces, que si has llegado a esa situación, cuando habrás conseguido pasar eso que a esta edad crees que tanto ansiarás, y que se llama sobredosis.