ESTE BLOG ES DE CIENCIA FICCIÓN

lunes, 8 de marzo de 2010

Habemos de serlo y las formas libres de escribir, hablar y amar.

Debemos de ser valientes. Hay que ser hasta algo bizarro para atreverse a hacer lo que estamos haciendo. Cerramos ciclos, que volvemos a empezar una y otra vez, al menos yo lo entiendo -siento- así. Acaba y empieza todo, y se denota como un culmen cada vez que me quedo dormido a tu lado. El clímax se invierte y a veces viene dado por el sexo o simplemente por notar caer tu cuerpo sobre el mío y quedarnos así, apagado el tiempo, a millones de años luz de este espacio, creando una nueva era. No sé explicar cómo lo conseguimos pero es algo que va más allá de cualquier artificio humano, es poético, misterioso, irascible para los que no nos entienden, abrumador. Es total.

De Vitruvio nacía el concepto de euritmia, como esa condición de la arquitectura que deja enamorado al ojo inteligente sin que pueda explicar las razones de su enamoramiento. Y es que, sin saber cómo, ya ha pasado. Está pasando. Algo ha tenido que ocurrir para que vea en ti la relación ideal entre los aspectos de tu personalidad que buscaba, sin saber concretamente cuál quería, en un hombre. Estoy hablando de que he visto antes unos ojos bonitos, he pasado cenas agradables, me he divertido con otros... pero, y esto es lo que cuenta, ninguno lo había acaparado todo y, cuando lo has hecho, ha sido de la mejor forma que podía imaginar. Hay cosas contigo, y no puedo evitar que esto suene a parafrasear 'Requiem por un sueño', que cuando las haces o las dices tienen sentido, lo tienen de verdad.


una semana después de haberte conocido volví al mismo lugar

lunes, 1 de marzo de 2010

El arder y los chicos que piden Martini seco.

Me gusta el olor a cerilla quemada. Las cojo de la caja que te dejaste en mi casa. La caja, a la que todavía le queda la mitad de las cerillas, está en el cajón izquierdo de esta mesa. Junto a mi caja de rotuladores gordos, la cuarta temporada de 'The O.C.' y el papel de liar. Nunca dudé que ese era su lugar. Contigo no dudo. Dudo cuál es el mando de la tele de tu casa. Me quedo en la puerta porque no sé por qué ventana puedo colarme, y porque siempre bajas las persianas. Te interesará saber que ya he soñado contigo, y he leído un artículo que se titula 'Cuando la obsesión se convierte en enfermedad'. He pensado probarme camisas de fuerza o hacérmela a medida. Me la romperías seguro, tú y yo lo sabemos.

Tú además ya sabes mi historia con los huevos fritos. Espero enseñarte algún día cuál es mi foto preferida de cuando era pequeño. Y si te metes por callejones sin salida te sigo corriendo. Si te tiras por un puente voy detrás, seguro que contigo se puede volar.

Ahora, a solas, imito tu risa. Te oigo reír. Parezco tonto, y es que me quedo embobado, atolondrado, sin nada en la mente. Y soy capaz de reproducir el perfil de tu cara en mi cabeza. Sé colorear entonces el dibujo con el sabor de tu boca, la textura de los labios, el tacto de tu pelo, la profundidad de tus ojos. Me penetra. Y no duele no verte, ahoga. Es como que me eches colonia en los ojos, que, si es tuya, no rabio tanto. Enciendo la calefacción, que tú no sabes, y ardamos.

Tú me llevas.

Y alguien consiguió convertir al tirano en flan.


Horas más tarde de que se hiciera esta foto te conocería, pero todavía no lo sabía. Mira qué feliz estaba ya.

lunes, 22 de febrero de 2010

Loko II


-¿Qué?

-Nada.





Loko

Lo tenía en las manos y ya no podría soltarlo. Llevaba más de cinco minutos lavando el mismo cuchillo y no paraba de darle vueltas, sacarle brillo. Su cabeza estaba ida y, sin que nadie se lo pudiera imaginar, todo estaba empezando a ocurrir. El agua salía ardiendo por el grifo y el fregadero no era otra cosa que un muestrario desgraciadamente surtido de navajas, raspadores, cuchillas, bisturís… Le había costado decidirse, había sido tan difícil como elegir la música que sonaría cuando todo se desencadenara. Pero ya estaba hecho, tenía un cuchillo considerablemente grande y muy afilado, y lo acariciaba con cariño especial entre las manos. Las yemas de los dedos mimaban el filo de aquella arma. La mirada, seguía en un infinito infierno de placer y morbo.

Se acabó el correr libre del agua. Secas sus manos. Apagada la luz. El pasillo, oscuro. La tenue luz de la alcoba marcaba la fragilidad del espacio ante una atmósfera tan cargada, tan flagelada. Asomó su rostro, lentamente, confundiéndose con el marco de la puerta, y me vio, cansado, sobre la cama. Tenía la sonrisa pícara de la juventud que se atreve a mentir a diestro y siniestro, pero que, de forma sincera, muestra la maldad más natural y antropomorfa. La maldad o el deseo, según se mire.

Se quedó cerca del quicio de la puerta, junto al equipo de música. Y empezó a sonar una de nuestras canciones, la más coqueta. Rodeó la cama sin hablar, sólo vigilándome. Ya muy cerca de mí me besó. Unos labios frescos, con restos de agua, frescos. Lo volví a sentir. El juego. Pude sentir las ganas que tenía de clavarme aquello en el estómago y retorcerlo, rajándome hasta llegar al pecho. Y entonces apuñalarme, una, dos, diez veces. Las reglas eran sencillas. Reaccioné y me agité hasta el otro lado de la cama, giré la llave del segundo cajón de la mesita y lo abrí. Saqué un cuchillo y lo deje en el centro de la cama.

Su sonrisa se turbó y su aspecto volvió serio. Metió la mano en su chaqueta y del interior sacó el cuchillo que con tanto mimo había preparado poco antes. Lo dejó sobre la cama, junto al mío. Habíamos preparado el juego desde hacía meses pero ni por un momento esperaba la partida aquella noche. Se tumbó a mi lado, me besó, como se besa a esa persona que quieres y que por un momento has pensado que ibas a perder. Juntos pasamos aquella noche imaginando cuál sería el próximo juego y cómo seríamos de valientes ante un nuevo reto.

martes, 9 de febrero de 2010

Baby, you're gonna miss that plain

Demagogia. Y demagógico es que, poniendo carita de niño bueno, te pida que vuelvas a la cama. Me atacas furtivamente cuando más te deseo, y ese juego sucio, esa táctica de despiste, te sirve para hacer todo lo que está prohibido. Te has metido en mi cabeza a través de ciertos dejes que hacen que haya personas por la calle que llevan tu perfume y me obligan a parar, girarme y observar. Me quedo curioseando, porque ahí no estás, todavía no. A veces me siento atado por trampas, como zancadillas que ni sé lo que buscan, pero que me agarraría fuerte a ti para obligarte a caer conmigo. Como de la cama. Tienes ese morbo que me hace desear tenerte miedo y que seas causa y efecto del terror de un sobresalto. Que si siento pánico estés cerca. No sé cómo se juguetea a trocear el mundo, pero contigo a mi lado me siento capaz de apostar con Dios a los tazos. Estoy ansioso de soñar contigo y, al despertar, poder seguirlo. He narrado en mi cabeza fracciones de segundo de momentos que ya han pasado, me refiero a ellos varias veces al día. Estoy celoso de tu ropa, porque te toca y te aprieta. Salte conmigo fuera de la cámara. Quería que esta vez este texto fuera más gore, más sucio, problemático, censurable o pragmático, pero no, ni siquiera me estoy tocando, aunque podría, y lo produciría El Deseo, porque sería muy almodovariano. La escena final en un portal. Penélope, la chica de la limpieza llega a su hora. Le toca barrer la escalera, y entonces nos pillaría exhaustos… porque yo ya me he corrido, ¿tú?

martes, 2 de febrero de 2010

Qué hace un chico como tú contando historias de amor como ésta

Pasa a veces que en este blog, que de tanto drama quiso presumir, hay ocasiones en las que se pone un poco tontito y, por no querer hablar directamente de amor, se arrima, por su carácter defensivo, a eso que llaman pornografía. Vamos a ello, no sin antes prometer a los lectores que tenían un gusto por los antiguos temas que se trataban aquí, que pronto volveré a hablar de vejaciones y discriminaciones como si fuera este rincón donde pudiéramos estar por encima de toda moral y, al mismo tiempo, sentirnos tan a gusto.

febrero es el mes con menos días del año, y no es casualidad. Ni siquiera relevante, como inapreciable y desinteresado es el recuerdo de aquella piedra que compré en una excursión del colegio a un museo geológico cuando mi edad me negaba conocer mundos como la masturbación o el amor, conceptos casi inseparables para quienes sabemos disfrutar la vida. Tengo en la mente un mostrador en una especie de sala de espera, al final de aquella visita. Era una sala de varias alturas en tonos blancos y había que, si pretendíamos comprar algo, hacerlo rápido. Me llamó la atención la verde, malaquita. Y a medida que escribo esto me doy cuenta de que acabo de llegar a lo absurdo, porque había quebrado mi memoria imaginando que pagué por una amatista, la piedra de febrero. Pero no, febrero no es para malaquita lo que A para B, y mucho menos lo que ‘tú’ para ‘yo’, y ni siquiera lo que ‘contigo’ para ‘nosotros’.

Pasa a veces, y que nadie crea que no sé que me repito, a mí me pasa, que cuando siento disfrutar de algo tanto, analizo y observo, asimilo y describo, busco y aniquilo todos los detalles que conforman esa situación. Me quedo con la temperatura de mi cuerpo. Te toco la rodilla con mi mano, a ti que estás sentado frente a mí, para intentar averiguar si ardes. Presto atención a la cantidad de luz que logra entrar por la ventana e imagino los objetos que quedan en penumbra y me enamoro de lo que se consigue averiguar de tu rostro. Flipo, repito, flipo, con los reflejos que se consiguen entrever en el cristal de las copas llenas de vino, blanco. Y busco en tus ojos la imagen instintiva de mi cara mirándote, porque seguro que me quedo con carita de bobo.

Entonces es cuando se rompen los esquemas y hay que parar de tallar esa imagen en mi cabeza. En aquel momento, inclinados el cuerpo del uno hacia el otro, se notan frescos tus labios. Pierdo la mano, como el Manco, entre tu pelo. Y posiblemente ya la tenga dura. Es un viaje agitado, lleno de improvisación, en el que no paramos aunque para nosotros el mundo ya esté detenido esperando, para poder continuar, que tus dientes dejen de morderme. Y a bocados hemos de habernos triturado el uno al otro, que quedamos extasiados en la cama, envueltos nuestros brazos y desahogados respiramos. Acompáñame a ese mundo en el que no quiero dejar de verte.

miércoles, 13 de enero de 2010

The beatles en tu cama

Las catástrofes de la última ilusión del mundo era su cuarto video documental, producido y dirigido por él mismo. La base de la idea también había surgido de parte de un relato algo autobiográfico que se quedó en boceto. Con esta obra, en el aspecto más dinámico del arte, conseguía un cierto reconocimiento dentro de una rama a la que se acercó gracias a un proyecto arquitectónico en el que colaboró algo más joven y que necesitó de una aproximación a la belleza, el orden y la estructura vanguardista de aquella industria de artistas que nacen con don. Él, sin don, pero con esfuerzo y trabajo, también gracias a determinados contactos y, por qué no decirlo, con algo de suerte, había conseguido con esta obra su primer premio alejado del mundo de la arquitectura, esa experiencia de todo aquello que se puede transitar.

Y así volvía a Madrid, tras mucho tiempo sin pisar este país que se le llenaba de recuerdos y le pedía explotar. Como cada vuelta a casa, se vio obligado a reservar tiempo, aunque poco, para sus conocidos. En un café cercano a la sala donde una hora más tarde se expondría su obra se encontraban antiguos amigos de la facultad, compañeros cercanos de profesión, pero también los amigos más íntimos. Entró y deambuló en conversaciones de elogios que se alejaban de reales diálogos entre amigos. Pero separados de la realidad, tampoco se aproximaban al artificio de un guión de cine, de ese con el que tanto tiempo llevaba soñando. Y quizá no eran las personas más adecuadas.

Algo más tarde se proyectó aquella especie de cortometraje y él, cuyos ojos ya estaban machacados de haberlo presenciado tantas veces y corroído por la curiosidad de ver las sensaciones que provocaba entre los asistentes al acto, giró levemente la cabeza y su mirada se quedó clavada en aquel chico que se encontraba al final de la sala, en la esquina, apoyado de pie contra la pared. Lo reconoció. Tenía el mismo aire fresco de años atrás y la mirada contenta de quien te inspira alegría.

Y entonces aplausos y un premio. Había un discurso de agradecimiento preparado y revisado varias veces por la secretaria, que cuidaba el más mínimo detalle, y refería a familiares hasta patrocinadores. Sin embargo aquello se convirtió en una disertación apresurada y agitada, no había tiempo que perder. Abreviado todo aquello buscó al chico al final de la sala y no lo encontró. Salió al vestíbulo. Corrió a la calle y allí estaba, y se acercó. Y entonces supo que la vida no se vive desde el futuro ni a partir del pasado, sino desde el más inocente presente, sin segundas intenciones ni preguntas de diario de a bordo. Pararon el primer taxi que vieron y volvieron a casa juntos, a continuar la aventura, porque hay episodios que nunca, nunca terminan.

Para más información acerca del video documental pinchar aquí.

lunes, 11 de enero de 2010

Nice days

Me quedo mirando las cosas
menos anecdóticas
mientras te quiero
en silencio.

Todavía no he olvidado
cómo son tus besos
cuando caemos
sobre la cama.

Las calles que se hacen nuestras
al estrellarnos en el portal
y decir en susurros lo bonito
que se hace invierno contigo.

No me hace falta imaginar
lo que te quiero,
porque es real.

Hay momentos que son nuestros
y de nadie más,
y los reconstruyo día sí,
día también.

Y noto el tacto de tu piel,
recuerdo el sentir de tu pelo,
el sabor de tu mirada.

La libertad de amarte
se deshace de ataduras,
y te persigue locamente.

martes, 8 de diciembre de 2009

Calle Cañada nueva, 43. San Lorenzo de El Escorial


Desde hace un par de meses tengo una nueva necesidad. Es como otra afición que ha nacido en mi interior. Hablar de esto evidencia mi locura, pero es sincera y, aparentemente, nada dañina. En estos meses, que corren hacia lo que ojalá sea la meta cumpliendo veinte años, he cosido errores y consejos para aventurarme, en cada uno de los espectáculos, de una manera más segura y firme. Sin embargo, las citas han estado llenas de espontaneidad –y es que de alguna manera han sido treinta segundos de comedia a modo de gag americano (aunque por el sexo lo incluiría en el cine español)- pero que, con todo, a mí se me han hecho largas, emocionantes e intensas. Y de todos, ¿cuál ha sido el mejor? Si fuera aquí tan frívolo como aparento en la vida real, haría una lista basada en criterios materiales. De alguna forma no es lo que apetece. Se me antoja ahora pensar en alguien ajeno a todo esto, al que no le guste ponerse delante de las cámaras ni hablar en los platós que se crean a las puertas de Elástico, Stardust o Bisú. Y si solamente fuera eso lo que le diferencia… No leerá esto, ni sabrá lo que siento cada día. No tendrá fotos mías, ni se sabrá mis apellidos. De una cita a otra se le olvidará qué estudio, o eso me hará creer. Será tan borracho como yo, y fiestero, y eso es muy importante, porque es la única forma de escapar.

Porque hay que escapar. Y el día que lo haya conseguido tendré que buscar a alguien que me justifique. Que me diga que es verdad. Que haya alguien que afirme que nos vio juntos. Que todo parece mentira cuando no lo puedes compartir, así que lo grito. Porque no me voy a creer que lo único que podamos compartir sea una esquina. Que vale, que Cata y el Duque tienen su mirador, Cabano y Ruth su banco, Peyton y Lucas el lago… Vale, lo acepto, yo ya tengo un ‘donde siempre’.

¿Lo que ahora quiero que cambie? No tener que ir al Lolina y acordarme de cómo terminaba y empezaba una historia de la temporada pasada, ni tampoco tomar una Heineken que no está marcada con mi nombre, o recordar tantas historias que ahora… ahora no significan nada. Aunque en la llamada por justificar la vida pasada, la verdad es que hay mucho de cierto en eso de que esta noche no sería lo que soy si no hubiera estado tanto tiempo desnudo en tu cama.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Desorden químico cerebral o copa de vino blanco

El trastorno bipolar, en el que se mezclan fases de euforia con periodos de depresión.


Este escrito, en prosa, en el cual intento basar la estructura en pura intención amenazante a los sentimientos. La carga poética que adquiere desde su docilidad horizontal en el ámbito visual junto a la ola de recuerdos que invoca al lector es, cuanto menos, singular a la par que natural. Quien no conozca Pisagua o a Salvador Allende podrá notar un frenesí fresco, fresquísimo, feroz. La literatura barata, porque nadie ha pagado por leer esto, es sensacional y, aunque podría verse atacada por la multiplicidad de revistas gratuitas online que van proliferando, no habrá nada como apostar por el coleccionismo de letras, frases, amuletos, que vamos encontrando en el día a día.


De repente me siento bruto y libre. Y deslizo mis manos, disfruto. Me conozco y pienso en donde quisiera estar, en qué cama, con quién. Me dibujo sueños sin ropa, humedezco los labios. En un segundo estoy dando golpes, contra la pared, los puños sangran. No hay estigmas, ni procesiones o saetas, hoy no soy numerario. Me hago daño, pero hoy no es por Él. Y ahora me quedo sin aire, por segundos que intento alargar intentando no parar. Sigo pensando en tu cuerpo contra el mío. Silencio. Estoy bajo la cama, no hay luz, no hay sombras, un único ruido, el sollozo de un animal que no ha madurado y patalea, impotente. No hay contacto sexual que no conlleve esfuerzo físico. Ni mental. Y por eso me ato, y me dejo besar, para enamorarte. Pero yo también te beso e intento ahogarme con tu lengua. Que no me hagas ir bajo la cama, con un miedo que sólo recuerdo tener cuando era virgen. Como si el deseo hubiera hecho de mí otra persona, más fuerte, segura de sí misma y que sabe quién es e intenta olvidar tantas veces de dónde viene. Hoy estoy solo, pero mañana estaré contigo. Y seré grande, mucho más grande, tanto como todo lo que soy capaz de meter en mi boca.